Un viaje a las raíces
En 2016 pasaba por un nuevo momento de inquietud y búsqueda. Buscaba nuevas ideas y vi en el telediario una manifestación de la España rural.
Miles de personas de todos los pueblos y zonas de España habían venido a la capital a revindicar que había otra España, la España tanto tiempo olvidada y abandona, que no muerta, bien viva que estaba en cada grito y en cada reivindicación, la España vaciada, la España vacía. En ese momento surgió mi proyecto. Quería dar voz a esa gente, a esas personas.
Cuando le conté el proyecto a mi padre le gustó la idea y me dijo que me acompañaba. Se había criado en el campo y siempre se ha sentido parte de él. En los días de viaje, de pueblo en pueblo, el proyecto fue virando, mi padre me contaba historias de su infancia, de pastores que hacían la trashumancia, de veranos cosechando de sol a sol, de los pueblos a los que iban a comprar y vender, de mil y una historias.
El proyecto, cobrando vida por si solo viraba del tema inicial a otro mas cercano, viajar y convivir con mi padre. Me enteré que lo llamaban ´El de la Raya´ porque la finca donde se crio quedaba justo en la delimitación con Zamora, en las tierras de Sayago, en La Raya.
En 2016, mientras la España rural clamaba en las calles de la capital por su derecho a existir, nació en mí la necesidad de dar voz a esa ‘España vacía’ que, lejos de estar muerta, gritaba su supervivencia. Sin embargo, al iniciar el viaje, el proyecto tomó un rumbo inesperado.
Acompañado por mi padre —un hombre forjado en el campo—, los kilómetros entre pueblos se transformaron en un archivo vivo de historias de trashumancia, cosechas de sol a sol y mercados de antaño. Fue en ese trayecto donde descubrí su origen: a mi padre lo llamaban ‘El de la Raya’. Su infancia quedó marcada por la frontera invisible entre Salamanca y las tierras de Sayago, en Zamora; una delimitación geográfica conocida como La Raya.
Este trabajo dejó de ser una crónica sobre la despoblación para convertirse en un viaje compartido. La Raya es el retrato de un territorio fronterizo, pero sobre todo es el registro del reencuentro con mi propia genealogía, habitando los paisajes que construyeron la memoria de mi padre y reivindicando que, en cada rincón abandonado, aún late una historia personal que se niega a ser olvidada.